La recolección marca el final de la campaña, pero para el olivo no es un descanso: es el inicio de su momento más delicado. Por eso no es raro ver el olivar pálido, apagado y defoliado en los días posteriores. Lo que muchos interpretan como un “aspecto normal de fin de campaña” es, en realidad, la señal de que el olivo está pagando la factura del esfuerzo. Y entender este punto es clave para saber cómo protegerlo y cómo preparar la próxima cosecha desde hoy.
1. Cómo afecta la recolección al olivar
La recolección marca uno de los momentos más intensos y exigentes para el olivo. Pensemos en algo que a menudo pasa desapercibido: el árbol invierte un año entero en fabricar la aceituna… y la pierde en menos de un minuto. Ese contraste tan brutal supone un impacto fisiológico enorme. De un día para otro, el olivo se desprende de la estructura a la que ha destinado nutrientes, carbohidratos, minerales y energía durante todo el ciclo. Y esa “descarga súbita” deja al árbol temporalmente descompensado.
Pero lo que ocurre durante la recolección no es solo un cambio nutricional: es también un episodio de estrés mecánico, y la intensidad de ese estrés depende directamente del método utilizado. En los sistemas de recolección más comunes encontramos diferentes niveles de agresividad:
Paraguas vibrador

produce un desprendimiento muy brusco del fruto. El golpe inicial y la vibración generan microheridas en ramas y brotes jóvenes.
Vareadora eléctrica de peines

es la más grave aunque parezca la que menos, ya que los constantes golpes de los pelos con las ramas generan muchísimas micro heridas en las ramas que no se ven a simple vista.
Vareo manual

aparentemente más suave, pero repetitivo. Ocasiona impactos continuos sobre ramas finas, favoreciendo la rotura de brotes y la caída de hojas.
Vibradora de tronco

aunque eficaz, transmite movimientos intensos que pueden afectar a raíces superficiales y a la leña vieja, especialmente si se realizan vibraciones prolongadas o mal reguladas.
Todo esto genera un escenario común: microheridas en la superficie del árbol, algunas visibles y muchas imperceptibles, que funcionan como puertas de entrada para patógenos en un momento en el que el olivo se encuentra cansado y vulnerable. Si además el olivo llega a la recolección con estrés hídrico, el daño se multiplica. Un árbol deshidratado tiene tejidos más quebradizos, peor elasticidad y menor capacidad de cicatrización. Y si la campaña coincide con heladas tempranas, recolectar en ese estado incrementa todavía más la rotura de brotes y el daño fisiológico.
Por eso es fundamental entender que la recolección no es el final del ciclo del olivar: es el inicio de un periodo extremadamente delicado. El árbol entra en invierno debilitado, con heridas abiertas y con sus reservas recién descargadas. Y lo que hagamos —o lo que dejemos de hacer— en estas semanas determinará cómo responderá el olivo en los meses siguientes.
2. Síntomas y problemas que aparecen después de la recolección
Seguro que te has fijado que, después de la recolección, el olivar se resiente. El árbol pierde ese tono verde vivo y pasa a un color más pálido, amarillento y apagado. Y en muchos casos, incluso empieza a defoliar más de la cuenta, dejando ramillas más expuestas y un aspecto general de “agotamiento”.
Ese cambio tan evidente no es casual: es la consecuencia directa de todo el estrés que ha soportado el olivo en estas semanas.

Cuando el árbol llega debilitado a este punto —con heridas frescas, reservas bajas y humedad constante en el ambiente— se abren las puertas al problema más típico del post-recolección: la tuberculosis del olivo. Esta bacteria, Pseudomonas savastanoi, entra fácilmente por las microheridas que ha dejado la vibración, el vareo o los golpes de la maquinaria.
Una vez dentro, provoca una reacción muy característica: el olivo produce un tumor vegetal para intentar frenar la infección. Por eso las verrugas no son acumulaciones de bacterias, sino células del propio olivo que han recibido una señal para multiplicarse descontroladamente. Y cuanto más dañado y más débil está el árbol, más fácil lo tiene la bacteria para expandirse.

Pero la tuberculosis no es el único problema. Otro efecto clave del estrés post-recolección es la vecería. Un olivo que entra en invierno sin reservas, defoliado o con tejidos dañados, no puede preparar adecuadamente la campaña siguiente. Aunque haya tenido una buena cosecha este año, la pérdida de energía y nutrientes puede llevarlo a reducir drásticamente la producción el año siguiente.
La alternancia no aparece “porque sí”: muchas veces arranca exactamente aquí, en estas semanas posteriores a la recolección.
A todo esto se añade otra consecuencia silenciosa pero muy importante: la mala recuperación invernal. El invierno es el momento en el que el olivo debe reorganizarse, recomponer reservas y preparar la futura brotación y floración. Si inicia ese periodo en estado de agotamiento, los efectos se ven meses después:
- brotes más cortos,
- floración menos intensa,
- cuaje más débil,
- fruto más pequeño y menos uniforme.
En resumen: lo que ves ahora —ese olivar apagado, cansado y con hojas en el suelo— no es un simple “síntoma de fin de campaña”. Es una señal clara de que el árbol está pagando la factura del esfuerzo. Y si no actuamos a tiempo, esa factura se cobra con menos producción, más vecería y más problemas sanitarios.
3. Cómo actuar para proteger y recuperar el olivar
Después de entender cómo sufre el olivo en la recolección y qué problemas aparecen en las semanas posteriores, llega la parte realmente importante: qué podemos hacer para que el árbol se recupere cuanto antes y entre fuerte en invierno. Porque, igual que el daño se acumula de forma silenciosa, la recuperación también puede acelerarse si damos los pasos adecuados.

1. La primera solución comienza antes del propio día de recolección. Es fundamental evitar cosechar cuando el olivar está bajo estrés hídrico o cuando ha sufrido daños por helada. Un árbol deshidratado o recién helado tiene los tejidos más frágiles, cicatriza peor, y cualquier vibración o vareo genera heridas más profundas. Elegir bien el momento —aunque suponga esperar unos días— evita muchos problemas posteriores.
2. El segundo punto clave es la forma en la que se recolecta. Hoy en día tenemos maquinaria muy eficaz, pero también muy agresiva si no se usa bien. La vibradora de tronco debe ajustarse en intensidad y duración; el paraguas no puede golpear con violencia innecesaria; el vareo manual exige técnica para no castigar la madera joven; y las vareadoras eléctricas deben pasar por la copa con fluidez, sin pellizcar ni raspar ramillas productivas. Un personal formado y consciente de estos detalles marca la diferencia entre un olivo que se recupera rápido y uno que queda marcado para meses.
3. Y una vez que la aceituna ya está en el remolque, llega la parte decisiva: la recuperación post-recolección.
Aquí es donde realmente podemos cambiar el destino del árbol.
El tratamiento foliar post-recolección tiene dos objetivos esenciales:
a. Recuperar reservas nutricionales lo antes posible
El olivo ha vaciado parte de sus recursos al entregar el fruto. Si no reponemos esas reservas rápidamente, el árbol entra al invierno con déficit y afronta peor la brotación de primavera. Un aporte equilibrado le permite volver a un estado funcional óptimo en pocas semanas, reduciendo el riesgo de vecería y fortaleciendo la futura floración.
b. Cicatrizar heridas y reducir el riesgo de tuberculosis
Las microheridas creadas por la maquinaria son puertas abiertas a la bacteria Pseudomonas savastanoi.
Un tratamiento con efecto bactericida y cicatrizante favorece el cierre rápido de esos tejidos y limita de forma notable el riesgo de nuevas infecciones. Cuanto antes se actúe, más protegido queda el árbol.
En conjunto, estas acciones permiten que el olivo no solo “pase el invierno”, sino que lo aproveche para reconstruirse, entrar más fuerte en primavera y asegurar una mejor campaña.
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